DARKS BRIGHT, BABY, Y LAS AUDIENCIAS FANTÁSTICAS
Juan Izaguirre
Hermosillo; 25 de abril
de 2018
Querido Venado es el Colectivo que la noche de 23 de abril
tuvo su turno en la escena de la 26 Muestra Internacional de Danza en Sonora. El
Colectivo ha presentado el programa “Darks bright, baby”, el cual consta de
tres segmentos: Happy birthday dear Napoleon, Digital versicolor, Lepanto.
En la lógica de una línea narrativa sólida, la danza contemporánea implica una diversidad
expresiva desafiante contra los intentos de conceptualización, a pesar de que ahora
-digo yo- exista la también llamada danza
conceptual. El Colectivo Querido Venado, con su programa “Dars bright, baby”,
es un ejemplo muy claro que con creces pone a reto un intento (al menos el mío)
para comprender lo que se siente frente al desarrollo de este programa en el
Teatro de la Ciudad. Ya he reconocido, frente a “Danza de las Cabezas”, de
Benito González, que hay quienes, con absoluta legitimidad, se conforman con sentir. Al mismo tiempo, he establecido
que habemos quienes permanentemente nos hacemos preguntas ante las experiencias
que se nos presentan, incluyendo, ¡por qué no!, la danza contemporánea. Esta
última actitud estética: la de ser (auto)preguntón, no es menos válida que la
de ser (auto)complaciente con las sensaciones a priori, como ocurre con frecuencia frente al consumo artístico,
incluyendo desde luego a la Muestra de UDPD en su 26 edición.
Así las cosas, desde mi perspectiva como espectador, una pregunta
esencial para los protagonistas de “Darks bright, baby”, es: ¿cómo conciliar lo
que ellos llaman “exploración minimalista”, como fundamento metodológico, que
combinado “con signos visuales permitan una ampliación de las posibilidades de
la realidad”? Según hemos visto la noche del 23 de abril, dicha exploración
minimalista consiste en diseñar un gesto (un movimiento, en una lógica
semejante a la ya analizada de QM), y con éste construir una obra coreográfica.
Bajo el llamado minimalismo que, como a
la “danza mínima” de QM, yo denomino economía
del gesto, los coreógrafos pretenden articular un texto escénico montándolo en una cantidad perceptualmente excesiva
de signos visuales (¡como si el cuerpo del bailarín no fuera en sí mismo un
poderoso signo visual!) desprendidos de la plástica escénica, en su conjunto. ¿Bajo
qué criterios compositivos se le llama “exploración minimalista” al uso de un
repertorio reducido de gestos, pero ensamblado en un ambiente visualmente
saturado? Quizás por eso, debilidades
elementales, como la predictibilidad, operan en contra de las nobles
intenciones “exploratorias” de los jóvenes artistas, por mencionar los litros
de horchata en la tercera parte del programa que, ineludiblemente dado el guion,
habrán de ser vertidos sobre los propios intérpretes para cumplir por consigna con
la máxima del “desgaste”, estipulada por el Colectivo.
Pero hay audiencias que, aparentemente, entran sin demasiado
problema en la sintonía perceptual de “Darks bright, baby”, y están dispuestas
a regodearse en la estética de la saturación sensorial. A menos de la mitad de
su capacidad, el Teatro de la Ciudad alberga como público a un sector de
jóvenes, seguramente estudiantes de artes. Durante los cambios de escena -y aun
durante el desarrollo de la obra- no han sido extraños en la sala los flashes
de teléfonos celulares compitiendo visualmente con los esfuerzos de los
intérpretes arriba del escenario. Probablemente tales flashazos sean señales de
una nueva audiencia virtual para la danza contemporánea, que se pueda proyectar
como compensación del vacío en el Teatro de la Ciudad, en la cuarta noche de la
26 edición de UDPD.
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